lunes, julio 27, 2009

sin que su dignidad de reina padeciera


Testamento de Hécuba


a Ofelia Guilmain, homenaje


Torre, no hiedras, fui. El viento nada pudo
rondando en torno mío con sus cuernos de toro:
alzaba polvaredas desde el norte y el sur
y aun desde otros puntos que olvidé o que ignoraba.
Pero yo resistía, profunda de cimientos,
ancha de muros, sólida
y caliente de entrañas, defendiendo a los míos.

El dolor era un deudo más de aquella familia.
No el predilecto ni el mayor. Un deudo
comedido en la faena, humilde comensal,
oscuro relator de cuentos junto al fuego.
Cazaba, en ocasiones, lejos y por servir
su instinto de varón
que tiene el pulso firme y los ojos certeros.
Volvía con la presa y la entregaba al hábil
destazador y al diestro
afán de las mujeres.

Al recogerme yo decía: qué hermosa
labor están tejiendo con las horas mis manos.
Desde la juventud tuve frente a mis ojos
un hermoso dechado
y no ambicioné más que copiar su figura.
En su día fui casta
y después fiel al único, al esposo.

Nunca la aurora me encontró dormida
ni me alcanzó la noche
antes que se apagara mi rumor de colmena.
La casa de mi dueño se llenó de mis obras
y su campo llegó hasta el horizonte.

Y para que su nombre no acabara
al acabar su cuerpo,
tuvo hijos en mí valientes, laboriosos,
tuvo hijas de virtud,
desposadas con yernos aceptables
(excepto una, virgen, que se guardó a sí misma
tal vez como ofrendada para un dios).

Los que me conocieron me llamaron dichosa
y no me contenté con recibir
la feliz alabanza de mis iguales
sino que me incliné hasta los pequeños
para sembrar en ellos gratitud.

Cuando vino el relámpago buscando
aquel árbol de las conversaciones
clamó por injusticia el fulminado.

Yo no dije palabras, porque es condición mía
no entender otra cosa sino el deber y he sido
obediente al desastre:
viuda irreperensible, reina que pasó a esclava
sin que su dignidad de reina padeciera
y madre, ay, y madre
huérfana de su prole.

Arrastré la vejez como una túnica
demasiado pesada.
Quedé ciega de años y de llanto
y en mi ceguera vi
la visión que sostuvo en su lugar mi ánimo.

Vino la invalidez, el frío, el frío
y tuve que entregarme a la piedad
de los que viven. Antes
me entregué así al amor, al infortunio.

Alguien asiste mi agonía. Me hace
beber a sorbos una docilidad difícil
y yo voy aceptando
que se cumplan en mí los últimos misterios.


Pequeña crónica

Entre nosotros hubo
lo que hay entre dos cuando se aman:
sangre del himen roto. (¿Te das cuenta?
Virgen a los treinta años ¡y poetisa! Lagarto.)

La hemorragia mensual o sea en la que un niño
dice que sí, dice que no a la vida.

Y la vena
-mía o de otra ¿qué más da?- en que el tajo
suicida se hundió un poco o lo bastante
como para volverse una esquela mortuoria.

Hubo, quizá, también otros humores:
el sudor del trabajo, el del placer,
la secreción verdosa de la cólera,
semen, saliva, lágrimas.

Nada en fin, que un buen baño no borre. Y me pregunto
con qué voy a escribir, entonces, nuestra historia.
¿Con tinta? ¡Ay! Si la tinta
viene de tan ajenos manantiales.

Rosario Castellanos, México, 1925- Tel Aviv, 1974
de Meditación en el umbral, Fondo de Cultura Económica, México, 1985

Imagen: fotografía de la obra Hecuba de Eurípides, dirigida por John Wright, Vancouver East Cultural Center, Diciembre 2007- Enero 2008.

sábado, julio 25, 2009

el ojo de la aguja


III

Una nube celeste
cubre el ojo de la anciana.
Lava mi herida
con azúcar blanco
que detiene el rojo.
Actúa por presencia
actúa por contacto
Toca y te regala dones.
Asiente, y cada inclinación
de su cuello
es una estrella que se enciende.
La sabia de la flor de mil pétalos
sabe sin necesidad de preguntar.
Nodriza de luz:
¿pasaré por el ojo de la aguja?

Algo se abre paso
y busca salirme.

Griselda García, Buenos Aires, 1979
de El ojo del que mira, Ediciones La carta de Oliver. Poesía, Buenos Aires, 2009
imagen: Lee Bowerman, When I am an old woman

jueves, julio 23, 2009

yo no podría


no puedo vivir contigo

No puedo vivir contigo,
eso sería vida,
y la vida está allí
detrás del estante

El sacristán guarda la llave,
custodiando
nuestra vida, su porcelana,
como una taza

desechada por el ama de casa
extraña o quebrantada
una nueva Sèvres convendría,
las viejas se agrietan.

No podría morir contigo,
porque uno debe esperar
para cerrar la mirada del otro,—
tú no podrías.

¿Y podría yo esperar
a ver cómo te congelas,
sin el derecho propio a congelarme,
el privilegio de la muerte?

Tampoco podría resucitar contigo
porque tu rostro
extinguiría el de Cristo,
ésa nueva gracia

Brillo simple y extraño
en mi ojo con nostalgia del hogar,
a menos que tú, que él
brillaran cercanos.

Nos juzgarán —¿cómo?
Porque tú serviste al Cielo, tú sabes,
o lo intentaste;
yo no podría,

Porque tú saturaste la visión,
y yo no tuve más ojos
para una sórdida excelencia
como la del Paraíso.

Y si tú estuvieras condenado, también yo lo estaría,
aunque mi nombre
sonara más alto
en la fama celestial.

Y si tú fueras salvado,
y yo fuera condenada
donde tú no,
ese sería el infierno para mí.

Entonces debemos separarnos,
tú allí, yo acá,
solo con la puerta entreabierta
que son los océanos,
y la oración,
y ese blanco sustento,
¡Desesperación!

Emily Dickinson, Amherst, Massachusetts, 1830 - 1886
versión © silvia camerotto
de Emily Dickinson, Collected poems, Barnes & Noble, 1993
imagen: August Macke, A couple in the forest, en August Macke, The Complete Works

I cannot live with You

I cannot live with you,
It would be life,
And Life is over there
Behind the shelf

The sexton keeps the key to,
Putting up
Our Life, his porcelain,
Like a cup

Discarded of the housewife,
Quaint or broken;
A newer Sèvres pleases,
Old ones crack.

I could not die with you,
For one must wait
To shut the other's gaze down, –
You could not.

And I, could I stand by
And see you freeze,
Without my right of frost,
Death's privilege?

Nor could I rise with you,
Because your Face
Would put out Jesus',
That new grace

Glow plain and foreign
On my homesick eye,
Except that you, than he
Shone closer by.

They'd judge us —how?
For you served Heaven, you know,
Or sought to;
I could not,

Because you saturated sight,
And I had no more eyes
For sordid excellence
As Paradise.

And were you lost, I would be,
Though my name
Rang loudest
On the heavenly fame.

And were you saved,
And I condemned to be
Where you were not,
That self were hell to me.

So we must keep apart,
You there, I here,
With just the door ajar
That oceans are,
And prayer,
And that pale sustenance,
Despair!

martes, julio 21, 2009

y no estabas tú


esta tarde vi llover

Esta tarde vi llover,
vi gente correr
y no estabas tú.

La otra noche vi brillar
un lucero azul
y no estabas tú.

La otra tarde vi que un ave enamorada
daba besos a su amor ilusionada
y no estabas tú.

El otoño vi llegar
al mar oí cantar
y no estabas tú

Yo no sé cuánto me quieres,
si me extrañas
o me engañas,
sólo se que vi llover,
vi gente correr
y no estabas tú.


Armando Manzanero, Mérida, Yucatán, 1935
* se recomienda la versión de Charlie Haden, con Gonzalo Rubalcaba, en Land of the sun

lunes, julio 20, 2009

i just don't fit in


Cerveza caliente y mujeres frías

Cerveza caliente y mujeres frías, no encajo
en los tugurios en los que entré esta noche
es así como fue
todos estos extraños en jerseys con
gin y vermouth e historias recicladas
en los puestos de Naugahyde*

con rubias platinadas
y castañas tabaco
voy a beber para olvidarte
enciendo otro cigarrillo
y la banda está tocando algo
de Tammy Wynette
y yo pago los tragos esta noche

todas mis conversaciones hablarán
de ti, nena
aburriendo a algún marinero mientras trato de olvidarte
solo quiero que escuche
eso es todo lo que tienes que hacer
me dijo que estoy mejor sin ti
hasta que le mostré mi tatuaje

ahora está saliendo la luna
no tengo tiempo que perder
tiempo de sentarme a beber
dile a la banda que toque los blues
los tragos corren por mi cuenta, pagaré otra ronda
en este intento de bar de cuarta

cerveza caliente y mujeres frías, no encajo
los tugurios con los que tropecé esta noche
es así como fue
todos estos extraños en jerseys con
gin y vermouth e historias recicladas
en los puestos de Naugahyde

con rubias platinadas
y castañas tabaco
voy a beber para olvidarte
enciendo otro cigarrillo
y la banda está tocando algo
de Johnnie Barnett
y yo pago los tragos esta noche.

Tom Waits, Ponoma, California, 1949
versión de © silvia camerotto
Imagen: Jackie Faye, Afterglow
*Naugahyde es un marca de cuero artificial hecho de vinilo. En los ‘60/’70 una campaña publicitaria se basó en el hecho de que el ‘naugahyde’ era obtenido de la piel de un animal llamado nauga, y esto se convirtió en un mito urbano. La campaña enfatizó el hecho de que los naugas, podían compartir su piel sin sufrir daño alguno, y no debían ser carneados como otros animales.

Warm beer and cold women

Warm beer and cold women, I just don't fit in
every joint I stumbled into tonight
that's just how it's been
all these double knit strangers with
gin and vermouth and recycled stories
in the naugahyde booths

with the platinum blondes
and tobacco brunettes
I'll be drinkin' to forget you
lite another cigarette
and the band's playin' something
by Tammy Wynette
and the drinks are on me tonight

all my conversations I'll just be
talkin' about you baby
borin' some sailor as I try to get through
I just want him to listen
that's all you have to do
he said I'm better off without you
till I showed him my tattoo

now the moon's rising
ain't got no time to lose
time to get down to drinking
tell the band to play the blues
drink's are on me, I'll buy another round
at the last ditch attempt saloon

warm beer and cold women, I just don't fit in
every joint I stumbled into tonight
that's just how it's been
all these double knit strangers with
gin and vermouth and recycled stories
in the naugahyde booths

with the platinum blondes
and tobacco brunettes
I'll be drinking to forget you
lite another cigarette
and the band's playing somethin'
by Johnnie Barnett
and the drinks are on me tonight

sábado, julio 18, 2009

y se repartirán los huesos de mi alma



Ars Magna

Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación.

de Poesía 1970-1985, Editorial Visor, 1986


El circo

Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma.
Mi hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.

de Poesía 1970-1985, Editorial Visor, 1986

Vaso

Wakefield, quien por una broma
se perdió a sí mismo.
Hablamos para nada, con palabras que caen
y son viejas ya hoy, en la boca que sabe
que no hay nada en los ojos sino algo que cae
flores que se deshacen y pudren en la tumba
y canciones que avanzan por la sombra, tambaleantes
mejor que un borracho
y caen en las aceras con el cráneo partido
y quizá entonces cante y diga algo el cerebro
ni grito ni silencio sino algún canto cierto
y estar aquí los dos, al amparo del Verbo
sin hablar nada ya, con las bocas cosidas
las dos al grito de aquel muerto
mientras caen las estatuas y de aquellas iglesias
el revoque es la lluvia fina pero segura
sobre ese suelo inmenso que bendicen cenizas
y caen también las cruces, y los nombres se borran
de amores que decían, y de hombres que no hubo
y de pronto, en el bar, tan solos, sí tan solos,
me asomo al pozo y veo, en la copa un rostro
grotesco de algún monstruo
que ni morir ya quiere, que es una cosa sólo
que se mira y no ve, como un hombre perdido
para siempre al fondo de los hombres
extranjero en el mundo, un extraño en su cuerpo
una interrogación tan sólo que se mira sin duda
con certeza, perdida al fondo de ese vaso.

de El que no ve, Editorial La banda de Moebius, 1980

Leopoldo María Panero Blanc, Madrid, 1948
Imagen: Odilon Redon, La caída de Ícaro.

lunes, julio 13, 2009

wallace stevens. domingo a la mañana



Domingo a la mañana

I
El placer de la bata, y café
tarde y naranjas en una silla al sol,
y la verde libertad de una cacatúa
sobre la alfombra se funden para disipar
el sagrado silencio del antiguo sacrificio.
Ella sueña un poco, y percibe la oscura
intromisión de esa vieja catástrofe,
como una calma oscuridad entre las luces del agua.
Las naranjas agrias y brillantes, verdes alas
parecen parte de un cortejo fúnebre,
serpenteantes en las vastas aguas, sin ruido.
El día es como aguas vastas, sin ruido,
aquietadas por el paso de sus pies soñadores
Sobre los mares, hacia la silenciosa Palestina,
dominio de la sangre y el sepulcro.

II
¿Por qué habría de dar su recompensa a los muertos?
¿Qué es la divinidad si sólo puede venir
en sombras silenciosas y en sueños?
¿No encontrará ella en el consuelo del sol,
en la fruta agria, y en las brillantes alas verdes, o
en cualquier otro bálsamo o belleza de la tierra,
cosas que apreciar como la idea del cielo?
La divinidad debe vivir en ella misma:
las pasiones de la lluvia, o los humores de la nevada;
lamentos en la soledad, o los insumisos
entusiasmos cuando florece el bosque; las emociones
borrascosas en los caminos mojados en las noches de otoño;
todos los placeres y todos los dolores, recordando
la rama del verano y la rama del invierno.
Estas son las medidas destinadas a su alma.

III
Júpiter tuvo su nacimiento inhumano en las nubes.
Ninguna madre lo amamantó, ni dio la dulce tierra
grandes formas a su mente mítica.
Se movía entre nosotros, como un rey rezongón.
Magnífico, se movería entre sus súbditos,
hasta que nuestra sangre virginal, mezclándose
con el cielo, trajera al deseo recompensa tal
que los mismos siervos lo percibieron en una estrella.
¿Fracasará nuestra sangre? ¿Se convertirá en
la sangre del paraíso? ¿Y será la tierra el único
paraíso que conoceremos?
El cielo entonces será más amigable que ahora,
una parte de trabajo y una parte de dolor,
y cercano a la gloria del amor eterno,
no esta tristeza divisoria e indiferente.

IV
Ella dice: "Me satisface que los pájaros al despertar
antes de volar, comprueben la realidad
de los brumosos campos con sus dulces preguntas;
pero cuando los pájaros se han ido, y sus cálidos campos
no regresan, ¿dónde está, entonces, el paraíso?"
No hay territorio de profecía alguna,
ni una vieja quimera de la tumba,
ni dorado subsuelo, ni isla
melodiosa, donde los espíritus regresen a casa,
ni sur visionario, ni encapotados y remotos palmares
en el monte celestial, que hayan perdurado
así como el verde abril perdura, o que perduren
como el recuerdo de los pájaros despiertos,
o su deseo de junio y de atardeceres, tocados
por la consumación de las alas de la golondrina.

V
Ella dice: “Pero en la satisfacción aún siento
la necesidad de alguna dicha imperecedera”.
La muerte es la madre de la belleza; entonces solo
de ella, provendrá la realización de nuestros sueños
y deseos. Aunque ella esparza las hojas
que obstruyen nuestros caminos,
el camino tomó la angustiosa pena, los muchos caminos
donde el triunfo hizo sonar el fraseo de su metales, o donde
el amor susurró a partir de la ternura.
Ella hace que el sauce tiemble al sol
para las doncellas que solían sentarse y observar
sobre el pasto tendido a sus pies.
Ella incita a los muchachos a apilar tiernas ciruelas y peras
en platos descartables. Las doncellas prueban
y se extravían apasionadas entre las hojas revueltas.

VI
¿No es otra la muerte en el paraíso?
¿No cae la fruta madura alguna vez? ¿O las ramas
cuelgan siempre cargadas bajo el cielo perfecto,
inmutables, y sin embargo, como nuestra perecedera tierra,
con ríos como los nuestros, buscando un mar
que nunca encuentran, las mismas costas que se retiran
y nunca se tocan con inarticulado dolor?
¿Por qué plantamos el peral en las orillas de aquellos ríos
o perfumamos las costas con el aroma del ciruelo?
¡Ay, que los sedosos tejidos de nuestra tarde
vistan nuestros colores allí,
y que estimulen las cuerdas de nuestros laúdes insípidos!
La muerte es la madre de la belleza, mística,
en cuyo regazo ardiente divisamos
a nuestras madres terrenales esperando, insomnes.

VII
Ágil y turbulento, un círculo de hombres
cantará orgiástico en una mañana de verano
su escandalosa devoción al sol,
no como dios, sino como podría ser un dios,
desnudo entre ellos, como un germen salvaje
su canto será el canto del paraíso,
salido de su sangre, regresando al cielo;
y en su canto penetrarán, voz a voz,
el ventoso lago donde el señor se regocija,
los árboles como serafines, y las reverberantes colinas,
que mucho más tarde cantan a coro entre sí.
Ellas sabrán de la camaradería celestial
de los hombres que perecen y de la mañana estival.
Y el rocío sobre sus pies le dirá
de dónde han venido y hacia dónde irán.

VIII
Ella escucha, sobre el agua sin ruidos,
una voz que llora, “La tumba en Palestina
no es el pórtico de los espíritus demorados.
Es el sepulcro de Jesús, donde él yació”.
Vivimos bajo el antiguo caos del sol,
O en la vieja esclavitud del día y de la noche,
o en la soledad de una isla, sin mecenazgos, libres,
de las anchas aguas, ineludible.
Los ciervos caminan por nuestras montañas, y las codornices
silban a nuestro alrededor con gritos espontáneos;
dulces fresas maduran en la tierra virgen;
y, en la soledad del cielo,
por la tarde, bandadas casuales de palomas ambiguas,
ondulan mientras se hunden
en la oscuridad, con las alas extendidas.

Wallace Stevens, Pennsylvania, 1879- Hartford, 1955
Versión © Silvia Camerotto
imagen: Ophelia, Odilon Redon, Bordeaux, 1840- Paris, 1916

Sunday Morning
I
Complacencies of the peignoir, and late
Coffee and oranges in a sunny chair,
And the green freedom of a cockatoo
Upon a rug mingle to dissipate
The holy hush of ancient sacrifice.
She dreams a little, and she feels the dark
Encroachment of that old catastrophe,
As a calm darkness among water-lights.
The pungent oranges and bright, green wings
Seem things in some procession of the dead,
Winding across wide water, without sound.
The day is like wide water, without sound,
Stilled for the passing of her dreaming feet
Over the seas, to silent Palestine,
Dominion of the blood and sepulchre.
II
Why should she give her bounty to the dead?
What is divinity if it can come
Only in silent shadows and in dreams?
Shall she not find in comforts of the sun,
In pungent fruit and bright, green wings, or else
In any balm or beauty of the earth,
Things to be cherished like the thought of heaven?
Divinity must live within herself:
Passions of rain, or moods in falling snow;
Grievings in loneliness, or unsubdued
Elations when the forest blooms; gusty
Emotions on wet roads on autumn nights;
All pleasures and all pains, remembering
The bough of summer and the winter branch.
These are the measures destined for her soul.
III
Jove in the clouds had his inhuman birth.
No mother suckled him, no sweet land gave
Large-mannered motions to his mythy mind.
He moved among us, as a muttering king,
Magnificent, would move among his hinds,
Until our blood, commingling, virginal,
With heaven, brought such requital to desire
The very hinds discerned it, in a star.
Shall our blood fail? Or shall it come to be
The blood of paradise? And shall the earth
Seem all of paradise that we shall know?
The sky will be much friendlier then than now,
A part of labor and a part of pain,
And next in glory to enduring love,
Not this dividing and indifferent blue.
IV
She says, "I am content when wakened birds,
Before they fly, test the reality
Of misty fields, by their sweet questionings;
But when the birds are gone, and their warm fields
Return no more, where, then, is paradise?"
There is not any haunt of prophecy,
Nor any old chimera of the grave,
Neither the golden underground, nor isle
Melodious, where spirits gat them home,
Nor visionary south, nor cloudy palm
Remote on heaven's hill, that has endured
As April's green endures; or will endure
Like her remembrance of awakened birds,
Or her desire for June and evenings, tipped
By the consummation of the swallow's wings.
V
She says, ``But in contentment I still feel
The need of some imperishable bliss.''
Death is the mother of beauty; hence from her,
Alone, shall come fulfilment to our dreams
And our desires. Although she strews the leaves
Of sure obliteration on our paths,
The path sick sorrow took, the many paths
Where triumph rang its brassy phrase, or love
Whispered a little out of tenderness.
She makes the willow shiver in the sun
For maidens who were wont to sit and gaze
Upon the grass, relinquished to their feet.
She causes boys to pile new plums and pears
On disregarded plate. The maidens taste
And stray impassioned in the littering leaves.
VI
Is there no change of death in paradise?
Does ripe fruit never fall? Or do the boughs
Hang always heavy in that perfect sky,
Unchanging, yet so like our perishing earth,
With rivers like our own that seek for seas
They never find, the same receding shores
That never touch with inarticulate pang?
Why set the pear upon those river-banks
Or spice the shores with odors of the plum?
Alas, that they should wear our colors there,
The silken weavings of our afternoons,
And pick the strings of our insipid lutes!
Death is the mother of beauty, mystical,
Within whose burning bosom we devise
Our earthly mothers waiting, sleeplessly.
VII
Supple and turbulent, a ring of men
Shall chant in orgy on a summer morn
Their boisterous devotion to the sun,
Not as a god, but as a god might be,
Naked among them, like a savage source.
Their chant shall be a chant of paradise,
Out of their blood, returning to the sky;
And in their chant shall enter, voice by voice,
The windy lake wherein their lord delights,
The trees, like serafin, and echoing hills,
That choir among themselves long afterward.
They shall know well the heavenly fellowship
Of men that perish and of summer morn.
And whence they came and whither they shall go
The dew upon their feet shall manifest.
VIII
She hears, upon that water without sound,
A voice that cries, ``The tomb in Palestine
Is not the porch of spirits lingering.
It is the grave of Jesus, where he lay.''
We live in an old chaos of the sun,
Or an old dependency of day and night,
Or island solitude, unsponsored, free,
Of that wide water, inescapable.
Deer walk upon our mountains, and quail
Whistle about us their spontaneous cries;
Sweet berries ripen in the wilderness;
And, in the isolation of the sky,
At evening, casual flocks of pigeons make
Ambiguous undulations as they sink,
Downward to darkness, on extended wings.

viernes, julio 10, 2009

i offer you the loyalty of a man


Dos poemas ingleses

I
El amanecer inútil me encuentra en una esquina desierta;
he sobrevivido la noche.
Las noches son olas orgullosas: pesadas olas azuloscuro cargadas con todos los matices de profundo despojo, cargadas de cosas improbables y deseables.
Las noches tienen un hábito de misteriosos regalos y rechazos, de cosas regaladas a medias, retenidas a medias, de gozos con un hemisferio oscuro. Las noches
actúan de esa forma, te lo digo.
El oleaje, esa noche, me dejó los acostumbrados retazos y finales sueltos:
amigos odiados con quienes hablar, música para los sueños
y el humo de cenizas amargas. Las cosas para las que mi corazón hambriento
no tiene uso.
La gran ola te trajo.
Palabras, cualquier palabra, tu risa; y tú, tan indolente e incesantemente bella.
Hablamos y habías olvidado las palabras.
El tembloroso amanecer me encuentra en una esquina desierta de mi ciudad.
Tu perfil de espaldas, los sonidos que se unen para formar tu nombre,
la cadencia de tu risa: estos son los ilustres juguetes
que me dejaste.
Los doy vueltas en el amanecer, los pierdo, los encuentro; se los digo
a los pocos perros extraviados y a las pocas estrellas extraviadas
del amanecer.
Tu oscura rica vida…
Tengo que alcanzarte, de algún modo; aparto esos ilustres juguetes
que me has dejado, quiero tu mirada oculta, tu sonrisa real
– esa solitaria burlona sonrisa que tu frío espejo conoce.


II
¿Con qué puedo retenerte?
Te ofrezco calles magras, atardeceres desesperados, la luna de los suburbios harapientos.
Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largamente a la luna solitaria.
Te ofrezco mis antepasados, mis hombres muertos, los fantasmas que los hombres vivos han honrado en mármol: el padre de mi padre muerto en la frontera de Buenos Aires, dos balas a través de sus pulmones, barbudo y muerto, envuelto por sus soldados en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre –solo veinticuatro- encabezando una carga de trescientos hombres en Perú, ahora fantasmas en caballos desvanecidos.
Te ofrezco cualquier intuición que mis libros puedan contener, cualquier hombría, cualquier humor en mi vida.
Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca fue leal.
Te ofrezco ese núcleo de mi mismo que he salvado, de algún modo – el corazón central que no negocia en palabras, no trafica con sueños y está intocado por el tiempo, las alegrías y las adversidades.
Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al atardecer, años antes de que nacieras.
Te ofrezco explicaciones de ti, teorías acerca de ti, auténticas y sorprendentes nuevas de ti.
Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón, estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota.

Jorge Luis Borges, 1934.
Buenos Aires, 1899- Ginebra,1986
versión de Sonia Bello
imagen: Sandra Bierman

Two English Poems

I
The useless dawn finds me in a deserted street-
corner; I have outlived the night.
Nights are proud waves; darkblue topheavy waves
laden with all the hues of deep spoil, laden with
things unlikely and desirable.
Nights have a habit of mysterious gifts and refusals,
of things half given away, half withheld,
of joys with a dark hemisphere. Nights act
that way, I tell you.
The surge, that night, left me the customary shreds
and odd ends: some hated friends to chat
with, music for dreams, and the smoking of
bitter ashes. The things my hungry heart
has no use for.
The big wave brought you.
Words, any words, your laughter; and you so lazily
and incessantly beautiful. We talked and you
have forgotten the words.
The shattering dawn finds me in a deserted street
of my city.
Your profile turned away, the sounds that go to
make your name, the lilt of your laughter:
these are illustrious toys you have left me.
I turn them over in the dawn, I lose them, I find
them; I tell them to the few stray dogs and
to the few stray stars of the dawn.
Your dark rich life ...
I must get at you, somehow; I put away those
illustrious toys you have left me, I want your
hidden look, your real smile -- that lonely,
mocking smile your cool mirror knows.
II

What can I hold you with?
I offer you lean streets, desperate sunsets, the
moon of the ragged suburbs.
I offer you the bitterness of a man who has looked
long and long at the lonely moon.
I offer you my ancestors, my dead men, the ghosts
that living men have honoured in marble:
my father's father killed in the frontier of
Buenos Aires, two bullets through his lungs,
bearded and dead, wrapped by his soldiers in
the hide of a cow; my mother's grandfather
--just twentyfour-- heading a charge of
three hundred men in Peru, now ghosts on
vanished horses.
I offer you whatever insight my books may hold,
whatever manliness or humour my life.
I offer you the loyalty of a man who has never
been loyal.
I offer you that kernel of myself that I have saved,
somehow --the central heart that deals not
in words, traffics not with dreams, and is
untouched by time, by joy, by adversities.
I offer you the memory of a yellow rose seen at
sunset, years before you were born.
I offer you explanations of yourself, theories about
yourself, authentic and surprising news of
yourself.
I can give you my loneliness, my darkness, the
hunger of my heart; I am trying to bribe you
with uncertainty, with danger, with defeat.

miércoles, julio 08, 2009

corazón, a que no me caigo





En ese sentido el vino es peligroso:
cuando ya no queda nada que jugar en el día
no solamente a los chicos
se les ocurre ir caminando por el borde del cordón,
el que tomó de más porque amó de menos
se vuelve como un chico
y hace equilibrio en el cordón,
corazón, a que no me caigo,
a que sí, a que no, corazón.
Los chicos y los borrachos se pelean de vereda a vereda,
los chicos como borrachos, los borrachos como chicos,
sólo cuando se van los chicos el borracho queda solo
y solo se va caminando por el borde del cordón,
el que tomó de más se vuelve como un chico,
el que amó de menos, también como un chico,
se sentará esta noche en el cordón,

corazón, a que no me caigo,
a que no, a que no, corazón.

de Juego limpio, 1963.

Marquitos

Él se veía con las manos en la cabeza
los pies ambos codos todos caídos
es decir miraba pasar las nubes
los pájaros las hojas y era hermoso
vinieron después los compañeros a decirle
tiemblen que soplan vientos fuertes
entonces él tomó la tarea
de reincorporarse armarse componerse
apiló su cabeza las manos ambos codos
los pies y desde arriba
barría los pájaros agujereaba las nubes
bajaba las hojas y era hermoso
entre todos sostenían los sueños
y él tiraba fortificado.

de El che amor, 1965.

Astillas de los vitrales de Notre-Dame

Panes y peces como pétalos llovidos de la única mano que
puede arrojar la primerapiedra
la primerapiedra que será la última para volver a ser la
primera —precisas palabras bajo la lluvia, casi consignas— o no
será

palabras a trasluz del viento que las sostiene

labios sostenidos por los besos, breve brisa,
llovidos besos esparcidos por la mano de la luz sobre
el poema

el niño y el hombre se van de la mano y juegan bajo la lluvia
el niño se pone el sombrero y juega a que sueña

el hombre recoge la cabeza del apóstol y juega a que apunta

yo me entrego a tu mano y juego a que te amo,
llueve y sobre la calle, como vitrales, los charquitos.

Tu cercanía es de pronto el único milagro.

de Apuntes, 1982-1985

Alberto Szpunberg, Buenos Aires, 1940.
Imagen: Germán Wendel.

lunes, julio 06, 2009

la marea de la piedad


El siglo del Vigía

Duro es el corazón del hombre
que deja pasar la marea de la piedad
cuando en todos los rincones
crece un espejismo de sangre derramada
y nos llegan voces de muertos
de perseguidos niños del destino
corriendo velozmente
el peligroso río de la lucha.

Ahora las llamas ahogan el pasado
dando lugar a un ordenamiento del caos
mientras en los lechos crujen maderas
de un bosque de encinas
hierven párpados en volcanes secretos
y hay vientres inolvidables
desnudos frente a filosos centros
de desformación
ojos como garras
que arrancan la seda del olvido
y el recuerdo.

El vigía hurga
y en un atisbo reconoce
que el infierno y el paraíso
tienen los juegos del poder.

de Los dientes del lobo, 1972.

Cercos de la distancia

Me has cercado con tu canto
en la mesa hay jazmines
mezclándose con la desdicha del aire
cada día realizas un círculo de fuego
alrededor de mi figura

no estamos distanciados
un fugaz vuelo de torcazas
se interpone en la orilla de los cuerpos
pero hay luces
fugaces estrellas de solidaria rotación

oficiamos la palabra
descubriendo verdades ocultas
debajo de futuras arenas
buscando día y noche el presagio
renacer encendidos en el sol de las consolaciones.

de Posesión natural, 1988.

Generación del '60

Somos una tribu que quisieron dispersar
pero hicimos pequeñas alianzas
aun en torno de la locura y la zozobra
no pudieron sofocar el ímpetu de nuestra palabra
fraguada en la tiniebla de las habitaciones
cuando el miedo llamaba a la puerta

muchos se hundieron en vanos alcoholes
y otros dieron su espalda al amor
sin embargo la tribu persiste
busca entre las estaciones
aviva la lámpara de los deseos
atisba el vuelo de una mariposa en la tarde

quisieron contener la búsqueda de un paisaje interior
donde la creación surgía
como un antiguo universo de destellos
pero la generación de magos
poetas y trapecistas
en un circo donde el payaso llora su lenta agonía
quiebra los espejos buscando Alicias imaginadas y tenues
para desterrar la miseria y el olvido
en esta ciudad la tribu se reúne y canta
a pesar de los enemigos que tejieron una trampa oscura
y sueña con una temporada que extingue el tiempo del horror.


María del Carmen Suárez, La Boca, 1943
fuente: El '60 Poesía Blindada, Ediciones GenteSur, Buenos Aires, 1990.
más poemas: ellos son nuestro dominio
Imagen: John Jude Palencar

elizabeth bishop. el descreído

El descreído  Él duerme en lo alto del mástil Bunyan Él duerme en lo alto del mástil con los ojos bien cerrados. La...