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Mostrando las entradas de marzo, 2013

wallace stevens. la casa estaba en silencio

La casa estaba en silencio y el mundo estaba en calma
La casa estaba en silencio y el mundo estaba en calma. El lector se convirtió en el libro, y la noche de verano
Era como el ser consciente del libro. La casa estaba en silencio y el mundo estaba en calma.
Las palabras fueron dichas como si no hubiera ningún libro, Solo que el lector se inclinó sobre la página,
Quería inclinarse, deseaba más que nada ser El erudito para quien su libro es verdadero, para quien
La noche de verano es como una perfección del pensamiento. La casa estaba en silencio porque así tenía que ser.
El silencio era parte del sentido, parte de la mente: El acceso de la perfección a la página.
Y el mundo estaba en calma. La verdad en un mundo tranquilo, En el que no hay otro significado, en sí
Tranquilo, en sí es verano y noche, en sí Es el lector inclinándose, tarde, y leyendo allí.

Wallace Stevens, Reading, 1879 - Hartford, 1955
En Wallace Stevens, Selected Poems, Faber & Faber, Londres, 1978 Version © Silvia Camerotto imagen de…

en el discurso mismo

8
Entonces revelamos nuestro estado con dos cuernos, disco, serpiente erguida,
aunque estos, o la doble pluma o el loto son, nos dicen ahora, frívolos adornos
adornos intelectuales; los poetas no sirven para nada,
y más que eso, nosotros, verdaderas reliquias,
portadores de la sabiduría oculta, vestigios vivos
del sector interno de los santuarios de los iniciados,
no solo somos ‘no-utilitarios’. somos ‘patéticos’:
esta es la nueva herejía; si ni siquiera entienden lo que dicen las palabras,
¿cómo pueden juzgar lo que las palabras ocultan?
sin embargo las antiguas rúbricas revelan que volvemos al principio:
hay mucho que andar, caminen con cuidado, diríjanse con cortesía
a quienes han cumplido con su ciclo de gusano, porque los dioses fueron aplastados antes
y los ídolos, y su secreto está guardado en el discurso mismo del hombre,
en lo trivial o en el sueño verdadero; insignia
en la cresta de la garza, el lomo del áspid;
enigmas, rúbricas que prometen como antes, protección al escriba;
él tiene prioridad sobre el sa…

yo era el que lustraba los zapatos

Mi corazón era un hotel

mi corazón era un hotel
vestidos de fiesta
los huéspedes se iban sin pagar
a los portazos

es cierto
a veces
una mujer lloró en sus ventanas
hasta cansarse

es cierto
yo era el que lustraba los zapatos

es cierto
hubo temporadas malas
problemas de humedad
palmeras muertas

todo eso es cierto
también la luna
y el loco que cantaba

mi corazón era un hotel
ahora parece una casa

una casita blanca.

Alejandro Schmidt, Villa María, 1955
de Esquina del universo, 2001
imagen de Paul Klee, Ghost of a Genius, en Painting Mania

y mira a la mujer que lo acompaña

Ese hombre ha salido

Ese hombre ha salido de la boca de un metro en erupción
y está sentado allí, apagando el humo de su ropa.

La ciudad le circula por dentro: la florista, una naranja en un charco, alguien se aferra a
un diario y siente vértigo, un grupo chilla con una euforia dislocada;
y en todas partes, rasgos intercambiables: una cara llena de confusiones familiares.

El olor del café es un continente invadido,
el reloj de la pared opina mudo,
el hombre cruza los brazos, recubre su impostura,
y mira a la mujer que lo acompaña.

Ella no dice nada
y apaga también el humo de su ropa:
           residuos de una erupción volcánica
           o, quién sabe, homenaje de la noche anterior.


Santiago Sylvester, Salta, 1942
de Café Bretaña, 1994
imagen de Jack Vettriano© – The Last Great Romantics, en Uno de los nuestros

un haz de anocheceres ciudadanos...

Para sepultar un olvido
Yo y este paso alegre haciendo muerte... Camino con el Tiempo que es mi sombra superando jornadas y memorias, oscuro pordiosero de mis horas.
¿Quién era la que ayer entró en mi día? Digo que la efusión fue puerto vano. Solo viajó con mi olvidar postrero. Crece como un afecto el mucho espacio...
La ausencia me buscaba como el sueño.  Un haz de anocheceres ciudadanos traigo de los instantes que vaciara, y un viento envejecido y desgajado.
Fue anudando minutos a su espíritu y enjoyada se fue con mi pasado. Confesión de pobreza es el recuerdo. Mas vive otras presencias mi entusiasmo.
Tal vez no soy aquel que contemplaba el apasionamiento de un ocaso mientras el tiempo que madura adioses nos iba despidiendo, despojando.
Y en este silenciar que con Dios linda me desnudo de noches y de días.
Carlos Mastronardi, Gualeguay 1901- Buenos Aires, 1975 De Tierra amanecida, 1926 imagen de Paul Klee, Ghost Chamber with the tall Door, 1925 en Heilbrunn Timeline of Art History

junto al oscuro piano

La hermana
En esta noche clara de verano que en un sopor de fuego nos abrasa,  qué bien se está, bajo la luz escasa del velador, junto al oscuro piano.
Todo esto es dulce, y por mi mente pasa el deseo infantil de ser tu hermano, y caminar, llevado de la mano, por las habitaciones de la casa.
Tú me comprendes, rubia compañera, y en tu sonrisa inmóvil y hechicera adivina, con íntima ventura,
que no te has olvidado todavía cuando en la infancia generosa y pura yo era tu hermano y tú la hermana mía.
Horacio Rega Molina, San Nicolás de los Arroyos, 1899- Buenos Aires, 1957 De La víspera del buen amor, Editorial Babel, 1925 imagen de Balthus, The card game, en Wikipaintings

y deja escapar de la mano

El domingo sin Molly

El domingo sin Molly es un domingo largo como una serpentina tirada con desgano. Este guardián de plaza que masca lejanías como puchos y deja escapar de la mano al ángel de la tarde niña de toboganes.
Si zambullo en un cocktail naufrago en el hastío acordeón del suburbio roció caña en mi pena saxofón del asfalto fue funebrero aullido de todos los balcones colgaron manos muertas crespones del amor ausente en el domingo.
Invalidez de ocaso como ronco organito ¡mi querida ciudad! Y este domingo enfermo tarima sin orquesta caminos marchitados en que uno parece marchar siempre a un entierro.
¡Este domingo irremediablemente largo!
Raúl González Tuñón, Buenos Aires, 1905-1974
imagen de Émile Savitry, 1903-1967, Montparnasse, en Émile Savitry

jonio gonzález. epigramas

Epigramas

I

de tus palabras no nació la libertad
amor mío
de la contemplación de tu cuerpo
no extraje pepitas de oro
ni violencia de perros que se muerden
a la sombra de los ministerios
me obligaron a amarte
a la luz de las conspiraciones
y de los decretos

II

me animaría a mirar tus ojos
de aquí hasta Roma
a aprenderme de memoria tus cartas
y la música de tu silencio
me animaría a pecar por vos
y cargar bolsas de sal
hasta lo alto de los barcos
como mi padre al finalizar la guerra
puerto de barcelona
año mil novecientos treinta y nueve

Jonio González, Buenos Aires, 1954
de El oro de la República, 1982
imagen de Alberto Pancorbo, Beso postal , en Uno de los nuestros

ésta aquella cabeza

Epístola  a los transeúntes
Reanudo mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.

Y, entre mi, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
éste es mi grato peso,
que me buscará abajo para pájaro
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeñones.

Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; éste ha de ser
mi ombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.

En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;

las azucenas orgullosas

III. Después de tres años

Tras empujar la puerta estrecha que vacila,
yo así me paseé por el jardín pequeño
que alumbraba dulcemente aquel sol matutino,
asperjando cada flor de un húmedo destello.

Nada ha cambiado, Y lo vi todo: la humilde glorieta
de viña loca con las sillas de rotén...
El surtidor hace aún su murmullo argentino
y el tiemblo viejo su quejo sempiterna.

Las rosas como antaño palpitan; como antaño
las azucenas orgullosas se balancean al viento.
Cada alondra que va y viene me es conocida.

Incluso me encontré aupada la Velleda
cuyo yeso se agrieta al cabo la avenida,
-frágil, entre el dolor soso de la reseda.

Paul Verlaine, Metz, 1844 - París, 1896
en Paul Verlaine, Antología poética, Bosch, Editorial, Barcelona, 1984
imagen de Simon Strong© – Portrait of Alexandra, en Uno de los nuestros


Après trois ans
Ayant poussé la porte étroite qui chancelle,
Je me suis promené dans le petit jardin
Qu'éclairait doucement le soleil du matin,
Pailletant chaque fleur d'une humide étincelle.

Rien …

tu muerto implacable

**

Sea dios, aparezca su nombre
en la arena de la lengua.
Sea dios sin dádiva, sin recompensa:
la antigua infancia de sus caminos.

14-8-66


**

Me acerqué a tu manera
de no estar en las cosas, de no saber nombres, días.
Para verme estar solo,
solo de todo entre mis manos
me acerqué a ti, cubriendo como supe
mi real presencia, que fuiste derramando
sobre la piedra, en muda libación.
Soy tu muerto implacable.
Soy el brillante bebedor de tu sombra.
Nada sobre mis labios dice el delirio
de guardarte, inocente de las noches,
como una imagen.

6-6-67


**

He aprendido a valerme
como una especie próxima a morir.
Cavo más hondo.
A ras de tierra cruza lo inevitable.

 9-6-67


Susana Thénon, Buenos Aires, 1935-1991
de Poemas inéditos I (1952-1967)
en La morada imposible, Tomo I, Edición a cargo de Ana M. Barrenechea y María Negroni, Corregidor, Buenos Aires, 2001
imagen Juan Medina © – Never Quite Erased, en Uno de los nuestros

todo estaba entre nosotros

Mis muertes y las tuyas

Este pan era mío. Aquella tierra era tuya.
Todo estaba entre nosotros y no era nuestro.
Pero el estallido nos rodeaba. El estallido era el agua que bebíamos para morir.

Los ojos -¡cuántas veces los ojos en camino fueron hogueras!
Los ojos eran granadas y el estallido el agua que bañaba nuestras sienes.
Los ojos se anticipaban a la muerte en un espejo que resplandecía.

Este pan era mío. Este pan y el alba.
El pan se entristecía en la mano. El alba se cuajaba de ángeles.
Y todo estaba en nosotros.

Los pájaros de fuego rayaban nuestra voz.
Tú lo sabías. Lo supe yo. Las estrellas lo supieron.
La trinchera era nuestra tumba y nuestra madre.

Este pan era mío. Se desgajaban las palabras.
La muerte nos tocaba y caían nuestras horas.
Quedábamos desnudos enredados en las lágrimas.

Las llamas cubrían nuestro paso.
Yo moría y tú nacías. Yo para nacer. Tú para morir.
Todos moríamos y nacíamos.

Juan Jacobo Bajarlía, Buenos Aires, 1914- 2005
en El movimiento Poesía Buenos Air…

harto ya

Soneto de tus vísceras

Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.

Canto a tu masa intestinal rosada,
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.

Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al ocre olor orgánico que exhalas.

Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.


Baldomero Fernández Moreno, San Telmo, Buenos Aires, 1886-1949
de Las cien mejores poesías líricas argentinas, Selección de Leonardo Castellani y Fermín Chávez, Editorial Cintra, 1953
imagen de Lisa.C, en Uno de los nuestros

es inútil

Poema

Es inútil que la amada se arrastre
buscando la mano que dibuja sombras
bajo su piel.
Es inútil que vuele
persiguiendo a la nube de piedra que la hirió.
En vano saltará de hoja en hoja
preguntando por el rostro
que se ahogó
en el aire.


Sed

Sé que tu sed se ha dilatado
más allá del más lejano hilo de agua:
tuya es la sed de los veranos,
la que anida en la garganta del mediodía.
Mucho tiempo hace que la sal
ha fondeado en tu entraña
y es allí donde abreva
el rojo labio de nuestros actos impunes.

Si un castigo has creado
es el de tu silencio
que grita más alto que las palabras.

Si un castigo has creado
es el permanecer
como una ciega
en una selva de miradas.


Susana Thénon, Buenos Aires, 1935-1991
de Habitante de la nada, 1959,
en La morada imposible, Tomo I, Edición a cargo de Ana M. Barrenechea y María Negroni, Corregidor, Buenos Aires, 2001

imagen de Ana Teresa Fernández© – Telaraña, en Uno de los nuestros

ni te mires ni compares

6

Cuando nuevamente, tras muchos años
abras como hoy la puerta de tu casa
y pienses que han pasado años y cosas
que tu cara habrá cambiado en el espejo
como tus trajes, tus pies o el color de tu pelo;
cuando abras nuevamente la puerta de tu casa, te digo
si el viaje ha sido bueno, más allá de su duración,
o sus comodidades, si el tren fue ligero
o muy lento el vapor que te llevó por el mundo
si fuiste feliz por conocer otras esquinas
y te entristeciste por los lugares que no cruzaste;
de todas formas, si tu viaje fue bueno
al abrir de nuevo la puerta de tu casa
ni te mires en el espejo ni compares tu cuerpo
con otros años ni recuerdes otras horas pasadas
porque si el viaje fue bueno
habrás ya aprendido que lo que cuenta es el regreso.

Angel Faretta, Buenos Aires, 1953
de Datos Tradicionales, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1993
imagen de Jamie Baldrige, The voyager, en Uno de los nuestros

una máquina de orar

Una importadora
La señora Alguien estuvo en Asia. Lo que ella trajo de vuelta los sorprendería. Bambúes, marfiles, jades y lacas, Petardos que asustan como un demonio, Recetas para el té con manteca, Enredos sagrados para cuchichear: Subterfugios para salvar el prestigio, Un desarrollado gusto en jarrones, Polémicas ya demasiado viejas para nombrar Contra la invención americana— Sobre todo de la producción en masa Destinada a demostrar nuestra destrucción ¿Qué son los teléfonos, los rascacielos, Las máquinas de afeitar, el periódico Sunday Si no la forma más estúpida de evadir Las verdades que le debemos a los asiáticos? Pero su mejor exponente Era una máquina para orar del Tibet Que por medio de la energía de un arroyo en el jardín Repetía constante Perdón, perdón; Mientras el pintoresco mecanismo Marcaba el ritmo de un reloj solar en la escena— Las máquinas más primitivas Produciendo en masa la venganza. ¿Enseñarle a esos asiáticos la producción en masa? Enséñale a tu abuela cómo chupar un huevo.

Robert Fros…