sábado, octubre 31, 2015

jorge aulicino. se acabaron los buenos trapecistas




***
Se acabaron los buenos trapecistas


caer tal vez fue gracia
Ungaretti

Me acerqué al calor para enfriarme
al amor para partir
               quería escapar
y pido perdón
                respetuosamente
pido perdón y saludo con un infinito
                silencio
con la gorra en la mano
                sin lágrimas
sin ningún tipo de excusas
Quería escapar y para eso alquile un barco
con todas las luces encendidas
pero fue inútil empuñar el timón
y gritar órdenes: el barco
tenía el casco comido por las algas
estaba desfondado
Bueno, me quedé. Caros míos:
viajar por las metáforas
no es más que una prueba de destreza
tanto más aplaudible cuando se hace sin red
El trapecista puede reventarse 
                  contra el piso
y el público horrorizado
                   jamás olvidará la escena
Algunos dirán: murió en su ley
(cosa enteramente cierta)
Si el trapecista alcanza la vejez
a los cincuenta años posiblemente
se dedique a la bebida
y muera de una pieza
a la luz de fotos amarillas
en otoño o verano
(o en invierno o primavera)
y habrá muerto en su ley de todas formas
Al menos por una décima de segundo
de toda su vida
los buenos trapecistas se sintieron
reyes de este mundo "pero también del otro"
Pero se acabaron los buenos trapecistas
Quedan pocos maestros del trapecio:
la enorme mayoría trabaja con red
La enorme mayoría logra pese a todo
piruetas fascinantes
                 que el público aplaude a rabiar
Ahora que dejé el barco
(con el trapecio nunca me metí)
yo también aplaudo los buenos espectáculos
Ahora que vuelvo (y no vencido
sino apenas un poco más cansado)
a calentarme las manos aquí abajo


***
Homenaje a Fernando Pessoa

Habría que dejar de cantar
No es difícil dejar de cantar:
se trata de sacarse los ojos
             y hundirlos en el barro

Habría que enterrar los ojos
             y dejar de cantar

Pero se me caen los párpados
Tengo sueño
Esta noche no estoy con ganas
La verdad, no estoy con ganas

Jorge Ricardo, Buenos Aires, 1950
de Vuelo Bajo, Ediciones El Escarbajo de Oro, Buenos Aires, 1974
imagen de María Teresa Cáceres

viernes, octubre 30, 2015

lope de vega. qué tengo yo, que mi amistad procuras



***

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? 
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, 
que a mi puerta, cubierto de rocío, 
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, 
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, 
si de mi ingratitud el hielo frío 
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía: 
«Alma, asómate ahora a la ventana, 
verás con cuánto amor llamar porfía»!


¡Y cuántas, hermosura soberana, 
«Mañana le abriremos», respondía, 
para lo mismo responder mañana!

1614

Lope de Vega, Madrid, 1562-1635
de Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, Editorial Castalia, Madrid, 2005,
imagen s/d

jueves, octubre 29, 2015

elizabeht bishop. mientras alguien llama por teléfono




Mientras alguien llama por teléfono

Minutos perdidos, perdidos que no podrían ser peores,
minutos de bárbara condescendencia.
-Mira los abetos por la ventana del baño,
sus agujas negras, acumuladas sin sentido
cristalizadas sin expresión, donde dos luciérnagas
están nada más perdidas.
Escucha solo el tren que pasa, debe pasar, como la tensión;
nada. Y espera;
puede ser que ahora con el cobijo de estos minutos
emerja, algún  extraño condescendiente y tranquilo,
que libere el corazón.
Y mientras las luciérnagas
no alcanzan a iluminar estos árboles de pesadilla
puede que ellos no sean sus alegres ojos verdes.

Elizabeth Bishop, Worcester, 1911- Boston, 1979
En Elizabeth Bishop, Complete Poems, Chatto&Windus, London, 2004
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Kim Dong Kyu en Artistrunwebsite


While someone telephones

Wasted, wasted minutes that couldn't be worse, 
minutes of a barbaric condescension. 
--Stare out the bathroom window at the fir-trees, 
at their dark needles, accretions to no purpose 
woodenly crystallized, and where two fireflies 
are only lost. 
Hear nothing but a train that goes by, must go by, like tension; 
nothing. And wait: 
maybe even now these minutes' host 
emerges, some relaxed uncondescending stranger, 
the heart's release. 
And while the fireflies 
are failing to illuminate these nightmare trees 
might they not be his green gay eyes. 





miércoles, octubre 28, 2015

tom pow. amor en el zoologico



Amor en el zoológico (Bronx)

Recorremos los senderos cubiertos de hielo
pasando los estanques helados, los recintos con nieve,
donde los juncos como puercoespines amontonados
son chozas negras y todo lo que se ve.

En el tenue calor de un reptilario,
nos detenemos ante una pecera
con una tortuga color arena
de caparazón blando, grande
como mi mano abierta. De la larga cuchara
de su cabeza, sobresalen los agujeros de la nariz
como minúsculos binoculares. Ojos,
dos manchas plateadas. Cuando se yergue
sobre la hierba verde y oscura, sus patas,
como semillas de sicomoro, rozan la ventana
por la que miramos. Tan cerca está
y tan doblada, que vemos
el delgado círculo de su boca invertida;
casi imaginamos que va a hablar...

De vuelta en el Bronx, no sabemos
en qué callejón sin salida dar la vuelta;
nos equivocamos siempre finalmente. Damos vueltas-
moscas atrapadas en una mortal belladona- tratando
de encontrar la entrada a la autopista

más allá de los edificios quemados, basureros;
un brasero que les saca el frío
a unos borrachos.

Un Cadillac azul y maltrecho se sacude
hasta detenerse frente a nosotros. Los paneles oxidados
tiemblan; las luces traseras rojas brillan
en los alerones corroídos. Nos quedamos inmóviles
mientras las negras maldiciones del hombre negro flotan
en el aire invernal. Nos miramos mutuamente:
súbitos neófitos, que podrían -sin sueño, ni palabras, 
en la oscura jaula de la noche -mantener sus cuerpos blandos
cerca; miedo
por la supervivencia del amor.

Tom Pow, Edimburgo, 1950
de Recolectores de nueces, Cooperativa La Joplin, México, 2015
traducción de Jorge Fondebrider
imagen de Larry Rivers, en icollector

Love at the (Bronx) Zoo

We walk the icy paths
past frozen ponds, snowed-in enclosures,
where reeds like drifting porcupines
are black hutas are al that show.

In the dim warmth of an animal house,
we linger by a tank
with a sandy-coloured,
soft-shelled turtle, the size
of my spread hand. From the long spoon
of its head, nostrils stick out
like tiny binoculars. Eyes,
two silvery stains. When it rises
from the dark green weed, its fins,
like sycamore seeds, brush the window
we peer through. So close is it
and so angled, we see 
the thin loop of its down-turned mouth;
almost fancy it would speak...

Back in the Bronx, we don't know
which blind-eyed alley to turn down;
eventually are wrong anyway. We ride around-
a fly caught in deadly nightshade- trying
to reclaim the rim of the highway

past burned-out buildings, waste-ground;
a brazier licking the chill
off some winos.

A battered blue Cadillac jerks
to a stop in front of us. Rusted panels
shake; red tail lights glare
from corroded fins. We sit tight
as the black man's black curses plume
into the winter air. We turn to each other:
sudden neophytes, who might -sleepless, speechless,
in the dark cage of night -hold their soft bodies
close; fear
for love's survival.

martes, octubre 27, 2015

hilda doolittle. ciudades



Ciudades

Podemos creer- haciendo un esfuerzo
por consolar nuestros corazones:
que todo esto no es pérdida,
que no fue puesto aquí para ofender
calle tras calle,
todas siguiendo el mismo modelo,
sin elegancia que destaque
una casa entre cientos
amontonadas en un jardín.

Amontonadas – podemos creerlo,
sin completa desazón,
en irónico juego-
pero el hacedor de estas ciudades se desdibujaba
frente a la belleza del templo
y el espacio que antecede al templo,
arcada sobre perfecta arcada,
pilares y corredores que conducían
a patios y porches extraños
donde la luz del sol pisoteaba
las sombras del jacinto
oscureciéndolas contra la vereda.

Porque el hacedor de ciudades se desdibujaba
ante el esplendor de los palacios,
paralizado mientras las flores de incienso
de los árboles de incienso
caían sobre el piso de mármol,
lo pensó de otro modo, fabricándolas-
iguales, calle tras calle.

Porque, ay,
había amontonado de tal manera la ciudad
que los hombre no podían comprender la belleza,
la belleza los tapaba,
los atravesaba, los rodeaba,
sin siquiera una grieta vaciada de miel,
excepcional, inabarcable.

Entonces construyó una nueva ciudad,
ah, ¿podremos creerlo?, sin ironías
sino para un nuevo esplendor
construyó nueva gente
que se elevara tras un lento crecimiento
hacia una belleza hasta ahora sin igual-
y creó nuevas células,
horribles primero, horribles ahora-
esparció larvas sobre ellas,
no miel, sino furiosa vida.

Y estas oscuras células,
amontonadas calle tras calle,
almas vivas, todavía horribles-
desfiguradas o deformadas,
sin rastro de la belleza que
alguna vez los hombres poseyeron con tanta liviandad.

¿Podemos pensar que unas pocas viejas células
sobrevivieron –nosotros sobrevivimos-
gotas de miel,
viejo polvo de polen extraviado,
amortiguado en nuestras alas rotas,
y nos quedaron para recordar las viejas calles?

¿Es nuestra tarea menos dulce
que las larvas que aun duermen en sus células?
O que reptan para atacar nuestra frágil fortaleza:
eres inútil. Estamos vivos,
esperamos grandes acontecimientos.
Nos esparcimos a través de esta tierra.
Protegemos nuestra sólida raza.
Eres inútil.
Tu célula ocupa el lugar
de nuestra joven fuerza futura.

Aunque estén dormidas o despierten para atormentar
y deseen desplazar nuestras viejas células-
raro y fino oro-
que engorda sus larvas-
¿es nuestra tarea menos dulce?

Aunque vaguemos por ahí,
sin encontrar la miel de las flores en este desperdicio,
¿es nuestra tarea menos dulce-
para nosotros que recordamos el viejo esplendor,
esperando la nueva belleza de las ciudades?

La ciudad está poblada
de espíritus, no fantasmas, oh, amor mío:

Aunque se interpusieron entre nosotros
y usurparon el beso de mi boca
su aliento fue tu don,
su belleza, tu vida.

H.D (Hilda Doolittle), Bethlehem, Pennsylvania, 1886 – Zurich, 1961
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Lisa Borgiani y Masssimo en Italian Cultural Institute in London


Cities

Can we believe -- by an effort
comfort our hearts:
it is not waste all this,
not placed here in disgust,
street after street,
each patterned alike,
no grace to lighten
a single house of the hundred
crowded into one garden-space. 

Crowded -- can we believe,
not in utter disgust,
in ironical play --
but the maker of cities grew faint
with the beauty of temple
and space before temple,
arch upon perfect arch,
of pillars and corridors that led out
to strange court-yards and porches
where sun-light stamped
hyacinth-shadows
black on the pavement.

That the maker of cities grew faint
with the splendour of palaces,
paused while the incense-flowers
from the incense-trees
dropped on the marble-walk,
thought anew, fashioned this --
street after street alike. 

For alas,
he had crowded the city so full
that men could not grasp beauty,
beauty was over them,
through them, about them,
no crevice unpacked with the honey,
rare, measureless.

So he built a new city,
ah can we believe, not ironically
but for new splendour
constructed new people
to lift through slow growth
to a beauty unrivalled yet --
and created new cells,
hideous first, hideous now --
spread larve across them,
not honey but seething life. 

And in these dark cells,
packed street after street,
souls live, hideous yet --
O disfigured, defaced,
with no trace of the beauty
men once held so light. 

Can we think a few old cells
were left -- we are left --
grains of honey,
old dust of stray pollen
dull on our torn wings,
we are left to recall the old streets?

Is our task the less sweet
that the larve still sleep in their cells?
Or crawl out to attack our frail strength:
You are useless. We live.
We await great events.
We are spread through this earth.
We protect our strong race.
You are useless.
Your cell takes the place
of our young future strength
.

Though they sleep or wake to torment
and wish to displace our old cells --
thin rare gold --
that their larve grow fat --
is our task the less sweet? 

Though we wander about,
find no honey of flowers in this waste,
is our task the less sweet --
who recall the old splendour,
await the new beauty of cities?

The city is peopled
with spirits, not ghosts, O my love: 

Though they crowded between
and usurped the kiss of my mouth
their breath was your gift, 

their beauty, your life. 



lunes, octubre 26, 2015

casi victoriana




Havisham

Para entonces había usado tan poco a mí misma
que mi voz estaba cascada, mis músculos
se arrastraban, mis pechos habían reptado

adentro de mi pecho. Dejé al teléfono
marchitándose en su vid y anduve a la deriva
en mi miriñaque apestoso de habitación

en habitación. Era de hecho una época
caprichosamente tranquila, casi Victoriana podría
decirse, si fueras estadounidense;

de hecho por poco me había ahorcado
con un borbotón para enganchar mi ataúd de cristal
a su propio carruaje con caballos cuando conocí

a la chica por la que clamabas. No señor,
mi pequeña madre no me pujó
de la oscuridad para eso. Mi padre

no se deslomó cada día por cincuenta años
para eso. Y tú, tú eras un destello
al costado de la ruta, entrevisto a toda velocidad,

camino dios mío a alguna pequeña ciudad que se jactaba
de una ópera, bailes de gala y los cinco supermercados
más importantes, casinos en ruinas y su propio zoológico.


Tiffany Atkinson, Berlín, 1972
de Tiffany Atkinson, La Rabdomante, traducción de Inés Garland y Silvia Camerotto, Cooperativa La Joplin, México, 2015
versión © Inés Garland
imagen en Deviant Art


Havisham

By then I’d used so little of myself
my voice was cracked, my muscles
dragged, my breasts had crawled

inside my chest. I left the phone
to wither on its vine and drifted
in my crinoline of stink from room

to room. It was in fact a quaintly
restful time, almost Victorian you
might have said, being American;

indeed I’d nearly looped my throat
with jet and hooked my crystal coffin
to its coach and horses when I met

the girl you clamoured at. No sir,
my tiny mother did not push me
from the dark for that. My father

did not graft all day of fifty years
for that. And you, you were a glitter
by the roadside, glimpsed at speed,

en route by god to some town boasting
opera, balls and all five major supermarkets,
ruinous casinos and its own zoo.


domingo, octubre 25, 2015

todo es un error



Correr de la noche

Tanto frío
que ni la luna puede digerirlo
ni el muelle en su maloliente oscuridad. Tú
equilibras tu respiración como un tazón de hielo
seco. Todo es un error, este cuerpo,
este trabajo, este amor. En algún lugar adentro
allí donde el corazón gira violentamente en su cuerda
hay un animal acechando. Escarba
a la noche, tal vez con un pico o un colmillo,
no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.

Tanta lluvia
que ni la colina más profunda puede filtrarla
ni  el río con sus branquias abiertas. Tú
llevas tu corazón como un plato lleno de sangre.
Todo es una gran bendición, este cuerpo,
este trabajo, este amor. En algún lugar adentro
allí donde los pulmones expanden sus intrincadas alas
hay un animal acechando. Se retuerce
a  la noche y muestra su vientre o sus tiernas escamas,
no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.

Tiffany Atkinson, Berlín, 1972
de Tiffany Atkinson, La Rabdomante, traducción de Inés Garland y Silvia Camerotto, Cooperativa La Joplin, México, 2015
versión © Silvia Camerotto


Nightrunning

So much cold
even the moon can’t swallow it
or the harbour in its fishy dark. You
balance your breath like a bowl of dry
ice. It’s all a mistake, this body,
this job, this love. Somewhere inside
where the heart spins hard on its string
is an animal watching. It scratches
at night, perhaps with a beak or a tusk,
is neither kind nor unkind, just restless.

So much rain
even the deepest hill can’t filter it
or the river with its open gills. You
carry your heart like a full dish of blood.
It’s all such a blessing, this body,
this job, this love. Somewhere inside
where the lungs stretch their intricate wings
is an animal watching. It wriggles
at night and shows its belly or its tender scales,
is neither kind nor unkind, just restless.



viernes, octubre 23, 2015

ni siquiera nos coinciden los horarios



Crenovich, Del Prete (línea 57)

Al contrario de lo que quiere la gente, 
yo ruego que el colectivo 
venga lleno cada vez que viajamos juntos.

Nosotros no tenemos nada en común. 

Jamás nos hubiésemos conocido viajando. 
Él vive hacia el norte; yo más al centro. 
Ni siquiera nos coinciden los horarios. Damos 
dos pasos atrás. Se agarra del pasamano. Yo 
me agarro de él –no puedo hacer más: con suerte 
le llego al pecho-. Nos presionan de todos lados: 
entregar un libro en dos días; sus clases 
de los viernes, y veinte albañiles que intentan 
llegar temprano a casa. ¡Un pasito más!, grita el chofer.
Lo miran con mala cara, en cambio, su cara 
es inconfundible: no está enojado, no está triste. 
Quiere pedirme lo que no podría darle. Vení, 
me dice con esa voz grave que usa a veces, y yo 
me interno como una adolescente en el hueco 
que hay entre su abrigo y la camisa verde musgo. 
Lo abrazo. Él y yo no tenemos nada en común, 
pero su corazón está en la punta de mi boca –lo
siento latir-, el colectivo va lleno, un bebé 
llora adelante y nos quedan quince minutos 
de algo demasiado parecido al amor.

Cecilia Romana, Buenos Aires, 1995

De Poemas Concretos,  Cabiria, Buenos Aires, 2015
imagen de Sandro del Prete, Between Illusion and Reality, 1995, en Ilusionario

lunes, octubre 19, 2015

un remolino fijo



Hombre de negro

Donde las tres rompeolas
magenta embisten
y chupan el mar gris,

a la izquierda, y la ola
se abre contra el terroso
promontorio alambrado de

la prisión de Deer Island
con sus chiqueros cuidados,
gallineros y pasturas,

a la derecha, y el hielo de marzo
aun cubre la roca,
acantilados de arena opacos se levantan

sobre una gran roca petrificada
que queda al descubierto con cada bajamar
y tu, del otro lado de esas piedras

blancas, paseabas con tu abrigo negro
de difunto, zapatos negros, y tu
cabello negro hasta que allí te detuviste

un remolino fijo en el lejano
extremo, piedras fascinantes, aire,
todo a la vez.

1959
Sylvia Plath, Boston, 1932 – Londres, 1963
En  The Colossus and other poems, c. 1962. Knopf, New York, 1967
Versión © Silvia Camerotto
imagen de Deer Island Prison s/d


Man In Black

Where the three magenta
Breakwaters take the shove
And suck of the grey sea

To the left, and the wave
Unfists against the dun
Barb-wired headland of

The Deer Island prison
With its trim piggeries,
Hen huts and cattle green

To the right, and March ice
Glazes the rock pools yet,
Snuff-colored sand cliffs rise

Over a great stone spit
Bared by each falling tide,
And you, across those white

Stones, strode out in you dead
Black coat, black shoes, and your
Black hair till there you stood,

Fixed vortex on the far
Tip, riveting stones, air,
All of it, together.


viernes, octubre 16, 2015

como quien no comprende



La pantera

Matar al animal
requiere un animal
sin sombra.
Vas caminando por un monte
o te parece, no sabés dónde estás;
creés que lo sabías
cuando llegaste.
Ese negro
bien puede ser una pantera
o mujer,
no te das cuenta.
La mirada salvaje te gusta,
no, te calienta.
No, te mira
como quien no comprende
dónde está.
Ya estás perdida,
tendrías que llevarla a tu casa
pero sabés cómo termina:
un animal herido
siempre ataca.
Tendrías que matarla,
ahora,
antes de que sea tarde
o por piedad.
Pero esa mirada es una trampa,
si es pantera
sabe matar mejor
que vos.
Nadie sabe tu nombre
aquí
y ahora él
o mujer te da la espalda.
Pensás en un Remington
liviano
de distancia corta.
Pero nadie escucharía,
Red Hot los distrae,
a vos también.
Y no se mata por la espalda,
lo viste en las películas
o creés en eso.
Matar
es otra cosa.
Ahora te mira y ya sabés,
vas a llevarla a tu casa.
Está tocado por la gracia,
está a la vista
o vos lo ves, no estás segura,
o tiene algo
que creés comprender.
Y sin embargo
sabés cómo termina:
no sabés cómo
te hirió si te quería.
No querés acercarte,
te mira como miran los gatos
cerrando los ojos.
Es un hombre
por la manera de fumar,
se apoya en la barra
frente a vos,
los dos están perdidos.
Pensás en el Remington,
nunca tuviste uno.
Matar es otra cosa.
Nadie parece comprenderlo,
el negro tampoco pero ve
que tenés un cigarrillo
en la mano
y otro ardiendo
en el cenicero;
se acerca y lo fuma.
Estás perdida,
creés saber cómo termina
y volvés a equivocarte,
apaga el cigarrillo
y se va.
Ahora nadie
se parece a tu deseo.
Y es que no se parecía.
Una pantera perdida
en su memoria
o forma de mirar
o lo que fuera
que no vas a saber.
Tomás un taxi pensando
demasiada belleza no es el móvil,
es la coartada.
Para matar a una pantera
hay que cerrar los ojos.


Susana Villalba, Buenos Aires, 1957
imagen de Anne Michelsen en Bright Spirit Studio

emily dickinson. me digo que la tierra es breve

*** Me digo que la tierra es breve, y la angustia absoluta. Que hay demasiado mal; ¿pero qué? Me digo que podríamos morir; que la m...