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Mostrando las entradas de octubre, 2015

jorge aulicino. se acabaron los buenos trapecistas

***
Se acabaron los buenos trapecistas


caer tal vez fue gracia Ungaretti
Me acerqué al calor para enfriarme
al amor para partir
               quería escapar
y pido perdón
                respetuosamente
pido perdón y saludo con un infinito
                silencio
con la gorra en la mano
                sin lágrimas
sin ningún tipo de excusas
Quería escapar y para eso alquile un barco
con todas las luces encendidas
pero fue inútil empuñar el timón
y gritar órdenes: el barco
tenía el casco comido por las algas
estaba desfondado
Bueno, me quedé. Caros míos:
viajar por las metáforas
no es más que una prueba de destreza
tanto más aplaudible cuando se hace sin red
El trapecista puede reventarse 
                  contra el piso
y el público horrorizado
                   jamás olvidará la escena
Algunos dirán: murió en su ley
(cosa enteramente cierta)
Si el trapecista alcanza la vejez
a los cincuenta años posiblemente
se dedique a la bebida
y muera de una pieza
a la luz de fotos amarillas
en otoño o verano
(o en invierno o …

lope de vega. qué tengo yo, que mi amistad procuras

***
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!
1614
Lope de Vega, Madrid, 1562-1635
de Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, Editorial Castalia, Madrid, 2005,
imagen s/d

elizabeht bishop. mientras alguien llama por teléfono

Mientras alguien llama por teléfono
Minutos perdidos, perdidos que no podrían ser peores, minutos de bárbara condescendencia. -Mira los abetos por la ventana del baño, sus agujas negras, acumuladas sin sentido cristalizadas sin expresión, donde dos luciérnagas están nada más perdidas. Escucha solo el tren que pasa, debe pasar, como la tensión; nada. Y espera; puede ser que ahora con el cobijo de estos minutos emerja, algún  extraño condescendiente y tranquilo, que libere el corazón. Y mientras las luciérnagas no alcanzan a iluminar estos árboles de pesadilla puede que ellos no sean sus alegres ojos verdes.
Elizabeth Bishop, Worcester, 1911- Boston, 1979 En Elizabeth Bishop, Complete Poems, Chatto&Windus, London, 2004 Versión © Silvia Camerotto imagen de Kim Dong Kyu en Artistrunwebsite

While someone telephones
Wasted, wasted minutes that couldn't be worse,
minutes of a barbaric condescension.
--Stare out the bathroom window at the fir-trees,
at their dark needles, accretions to no purpose
woodenly …

tom pow. amor en el zoologico

Amor en el zoológico (Bronx)

Recorremos los senderos cubiertos de hielo
pasando los estanques helados, los recintos con nieve,
donde los juncos como puercoespines amontonados
son chozas negras y todo lo que se ve.

En el tenue calor de un reptilario,
nos detenemos ante una pecera
con una tortuga color arena
de caparazón blando, grande
como mi mano abierta. De la larga cuchara
de su cabeza, sobresalen los agujeros de la nariz
como minúsculos binoculares. Ojos,
dos manchas plateadas. Cuando se yergue
sobre la hierba verde y oscura, sus patas,
como semillas de sicomoro, rozan la ventana
por la que miramos. Tan cerca está
y tan doblada, que vemos
el delgado círculo de su boca invertida;
casi imaginamos que va a hablar...

De vuelta en el Bronx, no sabemos
en qué callejón sin salida dar la vuelta;
nos equivocamos siempre finalmente. Damos vueltas-
moscas atrapadas en una mortal belladona- tratando
de encontrar la entrada a la autopista

más allá de los edificios quemados, basureros;
un brasero que les saca el frío
a u…

hilda doolittle. ciudades

Ciudades
Podemos creer- haciendo un esfuerzo por consolar nuestros corazones: que todo esto no es pérdida, que no fue puesto aquí para ofender calle tras calle, todas siguiendo el mismo modelo, sin elegancia que destaque una casa entre cientos amontonadas en un jardín.
Amontonadas – podemos creerlo, sin completa desazón, en irónico juego- pero el hacedor de estas ciudades se desdibujaba frente a la belleza del templo y el espacio que antecede al templo, arcada sobre perfecta arcada, pilares y corredores que conducían a patios y porches extraños donde la luz del sol pisoteaba las sombras del jacinto oscureciéndolas contra la vereda.
Porque el hacedor de ciudades se desdibujaba ante el esplendor de los palacios, paralizado mientras las flores de incienso de los árboles de incienso caían sobre el piso de mármol, lo pensó de otro modo, fabricándolas- iguales, calle tras calle.
Porque, ay, había amontonado de tal manera la ciudad que los hombre no podían comprender la belleza, la belleza los tapaba, los atravesaba, los r…

casi victoriana

Havisham
Para entonces había usado tan poco a mí misma que mi voz estaba cascada, mis músculos se arrastraban, mis pechos habían reptado
adentro de mi pecho. Dejé al teléfono marchitándose en su vid y anduve a la deriva en mi miriñaque apestoso de habitación
en habitación. Era de hecho una época caprichosamente tranquila, casi Victoriana podría decirse, si fueras estadounidense;
de hecho por poco me había ahorcado con un borbotón para enganchar mi ataúd de cristal a su propio carruaje con caballos cuando conocí
a la chica por la que clamabas. No señor, mi pequeña madre no me pujó de la oscuridad para eso. Mi padre
no se deslomó cada día por cincuenta años para eso. Y tú, tú eras un destello al costado de la ruta, entrevisto a toda velocidad,
camino dios mío a alguna pequeña ciudad que se jactaba de una ópera, bailes de gala y los cinco supermercados más importantes, casinos en ruinas y su propio zoológico.

Tiffany Atkinson, Berlín, 1972 de Tiffany Atkinson, La Rabdomante, traducción de Inés Garland y Silvia…

todo es un error

Correr de la noche
Tanto frío que ni la luna puede digerirlo ni el muelle en su maloliente oscuridad. Tú equilibras tu respiración como un tazón de hielo seco. Todo es un error, este cuerpo, este trabajo, este amor. En algún lugar adentro allí donde el corazón gira violentamente en su cuerda hay un animal acechando. Escarba a la noche, tal vez con un pico o un colmillo, no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.
Tanta lluvia que ni la colina más profunda puede filtrarla ni  el río con sus branquias abiertas. Tú llevas tu corazón como un plato lleno de sangre. Todo es una gran bendición, este cuerpo, este trabajo, este amor. En algún lugar adentro allí donde los pulmones expanden sus intrincadas alas hay un animal acechando. Se retuerce a  la noche y muestra su vientre o sus tiernas escamas, no es ni bueno ni malo, solo está inquieto.
Tiffany Atkinson, Berlín, 1972 de Tiffany Atkinson, La Rabdomante, traducción de Inés Garland y Silvia Camerotto, Cooperativa La Joplin, México, 2015 versión © Silvia Camerott…

ni siquiera nos coinciden los horarios

Crenovich, Del Prete (línea 57)

Al contrario de lo que quiere la gente, 
yo ruego que el colectivo 
venga lleno cada vez que viajamos juntos.

Nosotros no tenemos nada en común. 
Jamás nos hubiésemos conocido viajando. 
Él vive hacia el norte; yo más al centro. 
Ni siquiera nos coinciden los horarios. Damos 
dos pasos atrás. Se agarra del pasamano. Yo 
me agarro de él –no puedo hacer más: con suerte 
le llego al pecho-. Nos presionan de todos lados: 
entregar un libro en dos días; sus clases 
de los viernes, y veinte albañiles que intentan 
llegar temprano a casa. ¡Un pasito más!, grita el chofer.
Lo miran con mala cara, en cambio, su cara 
es inconfundible: no está enojado, no está triste. 
Quiere pedirme lo que no podría darle. Vení, 
me dice con esa voz grave que usa a veces, y yo 
me interno como una adolescente en el hueco 
que hay entre su abrigo y la camisa verde musgo. 
Lo abrazo. Él y yo no tenemos nada en común, 
pero su corazón está en la punta de mi boca –lo
siento latir-, el colectivo va lleno…

un remolino fijo

Hombre de negro
Donde las tres rompeolas magenta embisten y chupan el mar gris,
a la izquierda, y la ola se abre contra el terroso promontorio alambrado de
la prisión de Deer Island con sus chiqueros cuidados, gallineros y pasturas,
a la derecha, y el hielo de marzo
aun cubre la roca,
acantilados de arena opacos se levantan
sobre una gran roca petrificada que queda al descubierto con cada bajamar y tu, del otro lado de esas piedras
blancas, paseabas con tu abrigo negro de difunto, zapatos negros, y tu cabello negro hasta que allí te detuviste
un remolino fijo en el lejano extremo, piedras fascinantes, aire, todo a la vez.
1959 Sylvia Plath, Boston, 1932 – Londres, 1963 En The Colossus and other poems, c. 1962. Knopf, New York, 1967 Versión © Silvia Camerotto imagen de Deer Island Prison s/d

Man In Black

Where the three magenta
Breakwaters tak

como quien no comprende

La pantera

Matar al animal
requiere un animal
sin sombra.
Vas caminando por un monte
o te parece, no sabés dónde estás;
creés que lo sabías
cuando llegaste.
Ese negro
bien puede ser una pantera
o mujer,
no te das cuenta.
La mirada salvaje te gusta,
no, te calienta.
No, te mira
como quien no comprende
dónde está.
Ya estás perdida,
tendrías que llevarla a tu casa
pero sabés cómo termina:
un animal herido
siempre ataca.
Tendrías que matarla,
ahora,
antes de que sea tarde
o por piedad.
Pero esa mirada es una trampa,
si es pantera
sabe matar mejor
que vos.
Nadie sabe tu nombre
aquí
y ahora él
o mujer te da la espalda.
Pensás en un Remington
liviano
de distancia corta.
Pero nadie escucharía,
Red Hot los distrae,
a vos también.
Y no se mata por la espalda,
lo viste en las películas
o creés en eso.
Matar
es otra cosa.
Ahora te mira y ya sabés,
vas a llevarla a tu casa.
Está tocado por la gracia,
está a la vista
o vos lo ves, no estás segura,